La Ruta de los Cuadernos Mojados (IV)
Sábado 1 de Noviembre del 2008
DULCE CAUTIVERIO
Un taxi de un amigo de la Causa nos traslada a las 6:21 hasta una lujosa urbanización sita en las proximidades de Torrelodones.
Era ese un auténtico reducto de Libertad, con numerosas banderas nacionales izadas orgullosas a nuestro paso, solamente silueteadas aún por la fresca claridad de la mañana madrileña que ya despuntaba perezosa en el horizonte. Tal imagen que en nuestra natal región gallega sólo podría ser producto de una ensoñación onírica o de un excesivo consumo de psicotrópicos, allí se tornaba tan cierta como la misma unidad de España.
De repente nuestro vehículo se detuvo ante una enorme valla blanca, flanqueada por muros pétreos y robustos que se alzan hasta más allá de donde nos permite ver el alumínico techo del taxi. En pocos segundos, los portones comienzan a abrirse activados por algún dispositivo eléctrico, permitiendo al utilitario acceder al interior para aparcar bajo una pantalla de mimbre, a salvo de miradas de curiosos. Ante nuestra ingenua pregunta sobre si alguien nos estaría esperando, el taxista sólo nos confió que «era el día y la hora habitual de apertura», a lo que cabe añadir que fue la única ocasión en que escuchamos su grave timbre de voz en todo el trayecto. Tras descargar nuestro equipaje, el taxi abandonó sin más la zona, zigzagueando por las laberínticas vías públicas sitiadas entre las mansiones y los chalets adosados.
Durante unos minutos esperamos sin saber que hacer, las instrucciones no habían sido demasiado concisas al respecto y debatimos sobre si debíamos llamar a la puerta (arriesgándonos a perturbar el sueño de algún patriota) o quedarnos allí mismo. Una providencial llamada de móvil nos sobresaltó. La única instrucción de nuestro interlocutor fue rodear la mansión y esperar junto a la piscina. Aún pasarían varios minutos más hasta que una ostentosa puerta -opaca como las intenciones separatistas- se abrió de par en par. Una mujer adulta nos invitó a entrar en la sauna, de cuya existencia no nos habíamos percatado, al encontrarse su único acceso disimulado en un pequeño anexo a la casa.
Sin más explicaciones, la mujer se retiró y la sustituyó un hombre adulto, de mediana edad y ataviado con traje y corbata que se había aproximado mientras inspeccionábamos la pequeña estancia del baño de vapor. Tras saludarnos, y lamentando no disponer de tiempo para invitarnos a un café, pues se disponía a realizar un viaje de negocios, agradeció nuestro interés en la Ruta de los Cuadernos Mojados, dijo conocer todos los entresijos de los primeros contactos de Naranja y Primo con el Movimiento. Sin más dilaciones, y para nuestra sorpresa, se agachó y empezó a arrancar uno a uno, lenta pero vigorosamente, las tablillas que conformaban el suelo de la cálida y aromática sauna , abriendo ante nuestros ojos un espacio de apenas un metro cuadrado que daba paso a una estancia oscura de la que apenas podíamos percibir una bonita escalerilla de barrotes. Comenzó a descender invitándonos a hacer lo mismo con cuidado en cuanto encendiera las luces de «la Biblioteca» (así la llamaba), lo que hicimos sin dudar ni un instante.
Al instante de encenderse las luces nos quedamos extasiados: Docenas y docenas de estanterías repletas de volúmenes, no sabría decir si cientos, componían aquel reducto de cultura libre a salvo de las incendiarias proclamas de los nazionalsocialistas lingüísticos. Y un penetrante aroma nos cautivó, las toneladas de losas de roca normalizadora sobre nuestra memoria hicieron que tardáramos en identificar esa explosión olfativa.«Dios mío, no puede ser...». Mirándonos en silencio cómplice, no hicieron falta vocablos para que Primo y yo confirmáramos nuestras sospechas: «No puede ser, pero sólo puede ser eso... ¡son libros de texto en español!». Como gatos en celo nos abalanzamos sobre los estantes, ávidos de dar a la vista y al tacto el mismo placer que acababan de experimentar nuestro olfato.
En nuestra desbocada emoción Primo arrojó al suelo un buen atajo de libros. Cuando se giró aterrorizado para pedir sentidas disculpas a nuestro anfitrión comprobó que éste sólo nos contemplaba en afónica carcajada interior, como comprendiendo perfectamente el incalculable nivel de nuestro gozo. En efecto, resultaron ser esos volumenes patosamente sembrados por el suelo libros de texto! De conocimiento del medio, de lengua española, de religión católica, de matemáticas (si, de esos sin esperpentos como "tres ao caldeiro" o cosas así)... Todos los libros, toda esa cultura variopinta que sintetiza los avances de toda una historia, con un solo denominador común... la escrita en la lengua de Cervantes, el noble idioma de los Españoles Honrados. Era aquella sensación para nosotros equivalente a la que hubieran sentido nuestros antepasados Cruzados si hubieran hallado el mismísimo Santo Grial.
Con unsa sonrisa cómplice, el anfitrión nos invitó a quedar unos minutos más deleitándonos con aquellas joyas del conocimiento en Libertad, pues hasta las 7:00 no llegarían a recogernos para preparar todo, y tras disculparse por tener que salir así de precipitadamente, abandonó el lugar con la precaución de colocar cada tablilla del suelo de la sauna tal y como lo habíamos encontrado, aprisionándonos así en aquel dulce cautiverio del aprendizaje en español.
Puntualmente a las siete, el ruido del movimiento de tablillas nos sobresaltó de nuestro letargo, en el que podríamos haber muerto de emoción sin dudarlo ni un minuto. El leve crugido de los barrotes de aquella escalerita nos hizo girarnos para observar la silueta de un varón robusto pero fornido, tan alto que casi tenía que doblar el cuello para no rozar con el techo de la Biblioteca, de un rictus serio y poco dado a grandes cordialidades, se aventuraba.
«Yo soy Navacerrada, os acompañaré en este viaje». La vigorosa presencia de aquel hombre casi no nos permitió percatarnos de la presencia de otras dos personas que lo seguian, a pesar de lo reducido de aquel espacio de libertad. «Y estos son algo así como nuestros sherpas». Efectivamente, dos jóvenes de apariencia étnica magrebí flanqueaban tímidos la regia figura de Navacerrada, eclipsados y en un respetuoso silencio con la entidad de aquel patriota, tal que aún no podríamos imaginárnosla siquiera. Lentamente extendió un pequeño papel cuadriculado a aquellos individuos, que inmediatamente empezaron a seleccionar y cargar volumenes en sus grandes mochilas de montañero. Navacerrada nos invitó a abandonar la Biblioteca, cerrándola tras de si dejando a aquellos chicos dentro, concienciados en su labor. «Esto les llevará algún tiempo, acompañadme».
Este ser señorial, casi místico, descubrió la amplia galería de la suntuosa mansión que os describíamos, dándonos paso para sentarnos en sendos sillones de terciopelo azul al centro de un inmenso recibidor de mármol abierto al jardín.—Relajaos mientras nos traen el café. ¿Que os ha parecido la Biblioteca?.— Sin poder articular palabra, Primo y yo contestamos al unísono con un gutural —uuufff..—, seguido por un largo silencio.
—Entiendo, pocas veces en vuestra vida habéis tenido acceso a material semejante.—, elucubró, mientras el tintineo de la bandeja de café era depositado por la asistenta sobre la mesa de mármol beige. Ya lleváis años siendo imponidos.
—¿Pocas? Yo diría ninguna.— respondió precipitadamente Primo, como si se hubiera arrepentido al instante de haber levantado la voz.
—Ya... pues si estamos en esto es para que eso cambie. Todos esos libros, queridos señores, han sido seleccionados uno a uno de las más excelsas librerías y bibliotecas de esta Nación, teniendo en cuenta escrupulosamente las recomendaciones de los más prestigiosos centros educativos de España; alguno de ellos ha sido traído expresamente desde Navarra. Todos los rastros de esos libros han sido borrados, así como sus ISBN y depósito legal. No hay facturas. No hay partes de préstamos. Técnicamente, todos esos ejemplares ni siquiera existen.—
—Pero están aquí.— añadí a sus palabras.
—En efecto, y muy pronto estarán poblando los estantes de los niños de vuestra región, educándolos en libertad, acompañándolos en sus sueños e ilusiones, sin imposiciones.—
Las ganas de llorar casi me asaltan cual indio a caravana cowboy, pero intenté contenerme. No podíamos mostrar signos de debilidad, no en aquel entonces. Podría comprometer la confianza que aquellos heroes habían depositado en nosotros.
—Si Dios nos lo permite, Navacerrada, así será.— acerté a desear.
—Pues entonces, en marcha. Los muchachos ya deben haber terminado el trabajo.-
Completando de un largo sorbo los cafés, nos dirigimos hacia la puerta.
—En el patio nos espera un coche nodriza. Sólo nos puede servir para alejarnos de esta zona, pues un trayecto continuado en coche es facilmente rastreable, como os podéis imaginar nuestros enemigos están a la que salte. Apenas saldremos de la ciudad motorizados, el resto del camino será mayormente a pie, os lo advierto. Si existen dudas, esto podría llamarse el punto de no retorno. A partir de aquí cualquier paso en falso puede comprometer la operación y toda la Red, y nuestros enemigos no dejarían títere con cabeza. Estáis dispuestos a salir por esa puerta, a poner todo lo que sóis y tenéis al servicio de esta Causa hasta el mismo momento de alcanzar nuestro objetivo?
—¡Si!— Gritamos al unísono el camarada Primo y yo, siendo contestados en varias ocasiones por el eco de nuestro monosílabo procedente de aquel aglomerado de mansiones de lujo.
—Ese es el espíritu, adelante entonces.—
Al cruzar el ya luminoso umbral de aquella puerta, me sentí azuzado por una mano invisible; adiviné la mano de la Libertad detrás de aquella sensación.
Al fondo del jardín, con los motores ya ronroneando, perezosos, un espacioso monovolumen alemán acomodaba a los sherpas y nuestra preciada carga, dos mochilas repletas de aquel manjar educativo, cada una de ellas de tal volumen que no alcanzaba a explicarme que hubieran podido deslizarlas por las escuetas paredes del acceso a la Biblioteca.
—Para eso son sherpas...— me expliqué para no darle más importancia al hecho.
Una vez acomodados, el monovolumen marcado con el ya emblemático Lazo de la Libertad salió rumbeando en dirección opuesta a la que había tomado nuestro primer transporte. Claro que aquel retornaba a la ciudad, nuestro destino se encontraba en el sentido opuesto: las montañas de Madrid.







